Historias Recetas

 

 

 

 

EL ESTRABURGO

Diariamente, a las horas de almuerzo y de comida, era un entrar y salir interminable de personas de toda condición social que iban en busca del aperitivo, porque allí se servían los mejores coktailes de fresa bien heladitos y un Santa Rita iqueño, néctar puro, que , igual al leoncito de Dora, de la misma tierra santa, eran entonces tan populares como Piérola. Había algo que hacía más nutrido el tiroteo y eran una conchitas de abanico a natural  con otros aliños incitantes que, sin cobrar un chico, se dejaban manosear de copólogos hasta ofrecer la última gota de su jugo. Una delicia. Y de noche seguía el público hasta 2 a.m. en que se cerraban las puertas, pero quedándose adentro un grupo de jugadores partidarios de los tordillos (vulgo dados o pinta)

El copeo era interminable desde antes del medio día y los licores parecían agua bendita. Todo era dicha, bienestar y contento.  

El almorzar en el Estrasburgo era no menos placentero, mesitas pintorescas, entre piedrecitas y enredaderas, que dejaban mirar al cielo, las ocupaban  numerosos público, destacándose familias conocidas, de cara serias unas y risueñas otras. No había música pero jóvenes filarmónicos, ya en punto de  caramelo, tarareaban tonaditas de moda acompañadas de brindis

Además no faltaban el ambiente anticuchero, con choclos, mollejas y tripas y un caucau de tres pares de rocotos, que pasó a reforzar el menú.