Historias Recetas

 

 

 

 

La pampa de Amancaes

Esos paseítos a los Amancaes fueron entretenidos, placenteros y pintorescos, un paraíso perdido, durante los cuales, después de hartarse de comer y beber a más y mejor se ponían las parejas a bailar. Son también de gran recuerdo esas pachamancas, en las que, a campo raso, y bajo un cielo sin nubes, y rodeados de pollas, también se bailaba, cantaba y se comía hasta con los dedos y a ratos pico a pico como palomas.

Se armaban unas turcas de padre, hijo y espíritu santo, que duraba hasta el amanecer y cuando no quedaba ya una gota de los orines del Niño, como llamaban se a los licores con que forzosamente tenía antaño que ser rociado cualquier jarana. Oyéndose al final clamar a gritos por el copón divino, o sea garrafa, para brindar con la sangre de Cristo, como llamaban los jaranistas perdularios al pisco de la época, que entre otras razones, porque era uva pura de sus viñas redentoras.