Historias Recetas

 

 

 

 

La negra Salome

La hermana Salomé, era esa gran Manonga, morena clara, fresca como una tisana, de talle esbelto y pelo apretado hasta más abajito de la nuca, que por mucho años fue reina de la mejor cocineria de Abajo el Puente, y adonde su clientela de blancos se daba el lujo de ir a comer en coche . Manonguita, como la llamaban, desde temprano nos había dicho que para la madrugada iba a haber un caldo de resucitar cadáveres. Y por supuesto, allí nos instalamos en su espera. A poco comenzó a sentirse un olor tan agradable que no pudimos menos que preguntar qué era, y la guapa vivandera, destapando una enorme lata que hervía a fuego violento, dijo : “Acérquense a aguaitar “.

¡Qué vieron nuestros ojos, Dios de los ejércitos! Dos cabezas de carnero, una gallina entera y una gran cola de buey que se cocinaban, botando todas las vitaminas habidas y por haber y despidiendo un tufillo tan vaporoso que llegaba a leguas   con toda seguridad. Pegó la maestra con el trinche una removida y de la lata, sacó una yuca de este tamaño, que ya querían deshacerse, y volviendo a taparla dijo : “Ya falta poco”. “Muy bien contestábamos todos, pero entretanto sírvanos un trago”. Comunión general sin más remedio y la botella consumida por Dios y por la Patria ¿Habría algo más sublime y más grandioso?... Manonga preparaba una salsa de ají amarillo molido con pepas y todo, cebolla bien picadita y cargada a la naranja agria como para relamerse sin acordarse de los impuestos de salida. Y vino el gran caldo, servido en taza con sus correspondientes presas en plato ¡Que cosa tan sobria ! Hubo repetición general y a continuación unos lomitos de chancho, asados con sus brasas, con su camote y una salsa más científica que la otra, quedando todos satisfechos y felices