Historias Recetas

 

 

 

 

LA SEMANA SANTA DE ANTAÑO

 

Muchas familias almorzaban en las mesas de las  bodegas,  instaladas allí desde la víspera, y hacían tiempo entrando  y saliendo a la iglesia para ver el arreglo de las andas y disfrutando de las escenas  populares, impregnadas del más puro criollismo. Caldeaban un tanto el ambiente esos cholos coronguinos a pie y a burro, con sus pregones,  “uva blanca, zambita y mollerita, peraperilla, lúcuma” y “helados de leche, piña”.

 

Las señoras de la época levantaban a la familia, dirigiéndose tempranito a la iglesia  a ponerse bien con Dios y después chocolate con pan dulce, devorado el desayuno, sin dejar residuos de nada, se daban gracias al cielo y a recogerse nuevamente hasta la hora de almuerzo, que era curesmal y consistía, por lo común en sopa de yuyos con  bonito o bagre, y que cuando las abuelas lo guisaban a la trujillana  salía más rica que con corvina.

 

El viernes mayor solemnidad. Ayuno forzoso en casi todos los hogares. El pescado subía de precio y carne no se veía en los mercados sino para enfermos con licencia del cura. Otra vez la sabrosa sopa de yuyos o chupe de cimarrón en la  pesebrera doméstica que si las matemáticas caseras andaban bien, eran reforzados con peces más sustanciosos.

 

Los pregones de las tamaleras, humiteras y tisaneras, perturban otra vez la paz de los hogares, en las puertas de los templos se repartía agua bendita, que los muchachos  llevaban a sus casas en botellas y jarros, disque para echar afuera al demonio.

El menú casero  variaba también  en este glorioso día. Con la reaparición de la carne, después de dos días de “para”, servíase en el almuerzo el per omnia secula sancochado de familia. Una taza de caldo sustancioso , espesado de arroz y garbanzos bien cocidos, rajitas de pan frito y su aderezo de perejil, cebolla y ají verde bien picaditos y entremezclados, luego un buen pedazo de pecho o cadera, media yuca , un camote entero, col, zanahoria, pellejo de chancho y su trocito de cecina; un pan de los llamados zemita que, de grandazo teníamos a veces de empuñarlo a dos manos; y como levanta la mesa un plátano de la isla y su porción de ranfañote. ¿Para qué más?. Los muchachos por más tragaldabas que fuesen , se quedaban bobos.  La salsa de los viejos , ají molido con naranja agria, era respetada, por que picaba mucho. Luego, por lo bien  que nos habíamos portado en esos días, se nos regalaba una estupenda ración de mazamorra de cochino.