Historias Recetas

 

 

 

 

LAS PICANTERIAS LIMEÑAS

Las viejas picanterías de Juanita Hernandez en Copacabana; Candelaria Mendoza, en Velasco y José María Solórzano, en Malambo, la de Matías Arévalo conocido por Ño Cerezo y en la bajo pontina calle de la Condesa; la del  robusto y amable zambo Roca en Matasiete, amén de algunas más de menor cuantía

Clásicos días del picante eran los domingos y los lunes y como por entonces la comida se servía a las 6 era de ver los domingos de temporada de “toros” salir apresuradamente de Acho cordones de espectadores a redondear la tarde en las picanterías. Después de las 7, no quedaba en ninguna de ellas la menor fracción del arroz con pato, ni un hermoso grano de bien tostada cancha para los distintos ceviches.

Cuando algún cliente de consideración llegaba tarde con sus amigos donde el popular Roca, su compañera María “la borrada”, les arreglaba mesa en seguida, con flores en la sala de recibo y servia de inmediato la espumante y vigorosísima jora. .

Ño Cerezo el día martes, preparaba frijoles; llegando a alcanzar tal celebridad ese plato preparado, que desde la víspera o el mismo martes en la mañana había que pedirle los asientos que se necesitaban y acordar hora fija para ocuparlos.

Ciertos platos de ají que la Aristocracia desdeñaba  porque no eran franceses, se consiguió al fin introducirlos en los banquetes, particulares  y oficiales. Citaré, entre ellos, el ceviche de corvina, Y me consta que no fue un limeño sino un polaco distinguidísimo y excelente gastrónomo que tuvo y llevó a la práctica tan plausible idea: don Ernesto Malinowski, ingeniero en jefe de la colosal obra del Ferrocarril Central.

Los verdaderos picantes no se toman con pan sino con camote.  

Entre los muchos extranjeros que he conocido como aficionados a los platos  picantes, recuerdo al caballero irlandés, casado con una distinguida dama peruana, señor Eduardo Eyre, residente en Londres desde hace más de treinta años después haber sido aquí jefe de la Casa Grace y muy querido en toda la sociedad. Hasta el presente, al señor Eyre se le envía considerables porciones de ají mirasol en polvo, a efecto de que la eximia cocinera de color honesto que se llevó, o quien la haya sustituído, pueda preparar aquellos guisos de la tierra que él tanto amó.