Historias Recetas

 

 

 

 

LIMA DULCERA

El señor Villalta excelente dulcero tenía su establecimiento a inmediaciones del mercado, y como no vendía por horas, como; Marcelina, ni las mismas preparaciones que ella, no se hacían sombra.

Donde Villalta presentaba en un amplio y muy aseado mostrador grande fuentes de manjar blanco, papilla, fréjoles colados, carne de membrillo, chancaquitas de cancha, miel con requesón, zango de pasas y unas tortillas

De maíz que eran con afán buscadas desde cualquier punto de la capital.

Bien cerca del puesto de la zamba Marcelina sentábase armado del grueso caudal de “pisco” y tamaña guitarra de cinco cuerdas, un individuo de raza blanca, la faz muy encendida, de regular edad, sombrero de “panza  de burro” caído  hacía la derecha, lacios y crecidos cabellos, pañuelo de payacate al cuello, y a quien llamaban, menores y adultos, con toda confianza, “salchicha”.

Más tarde en 1883 la morena Encarnación que entre las 3 y las 5 de la tarde ocupaba diariamente en Botoneros. Allí en grandes azafates, defendidos de las periódicas invasiones de abejas por los tules blancos, vendía encarnación ayudada por dos o tres mozuelos, no las mazamorras y arroces, como Marcelina, sino insinuantes piezas de maná y cocada, nueces de nogal, mazapanes, pastas exquisitas de almendras, merengues incomparables y unos “Pió  IX” de propia marca.

Sostenían que el abuso del dulce engendraba el monstruo de la ociosidad

El sabio Tadeo Haenke en su libro sobre el Perú, escrito en las postrimerías del siglo XVIII: “trabajan sólo dos a la semana, y los restantes los emplean en jugar o enamorar.....

Reconocía por causa única e inocente de comer mucho dulce, y que hartos ya del delicioso manjar, enderezábamos el rumbo hacia otro infinitamente mejor, supremo, glorioso!